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Mata Hari

La espía condenada a muerte

Por: Armando Barona Mesa

Era ya el otoño de 1917. Aun duraba la Gran Guerra que había dejado ríos de sangre y dolor desde 1914 en el suelo francés. La bruma gris desdibujaba las imágenes y una ola de frío envolvía el ambiente. Aquella mujer caminaba lento en medio de doce guardias armados de fusil. Había sido condenada a muerte por espionaje a favor de Alemania contra Francia. Una capa ligera y oscura, con capucha, la cubría. Aun así, su belleza se acentuaba entre la larga cabellera negra y el blanco de su cuerpo del que sobresalía el exótico rostro. Amanecía ese 15 de octubre de 1917 en el fuerte militar de Vicennes.

Llegaron a la pared donde se iba a cumplir el fusilamiento. La mujer, de rara belleza oriental -a pesar de que era holandesa-, no lloró ni dio muestras de desesperación. No quiso que la vendaran y oyó erguida las voces de mando del o cial que nalmente dijo !Fuego!. Pero los doce soldados estaban fascinados con la visión de la dama, famosa en toda Europa, y solo cuatro balas hicieron impacto en ella. Las otras se perdieron en el vacío. Antes de los disparos ella les envió a los verdugos besos con las manos.

Se trataba de la bailarina y cortesana Mata Hari, que significa Ojo del Día en el idioma polinesio. Su verdadero nombre era Margaretta Geertruida Zelle, nacida en Leeuwarden, Países Bajos. Ella había adoptado la danza y las costumbres polinesas y había ido a parar a tierras tan lejanas, cuando cumplió diecinueve años y se había casado con el capitán Rudolf Macleod veinte años mayor-, trasladado a Java, entonces posesión holandesa.

No había sido fácil su vida. Los padres se habían divorciado cuando ella tenía dos años y al poco tiempo moriría su madre. Adelantó estudios relativamente cortos. A los 16 años fue expulsada por mantener un romance con uno de los directores de la escuela. Luego vivió con el padrino y pronto desató una vida de liviandad. Cuando se casó iba a cumplir los 19 años y había conocido al novio por correspondencia.

Tanto ella como su esposo el capitán Macleod, contrajeron la sí lis. -Si no le temes a Dios, témele a la sí lis, se pregonaba entre el pueblo entonces-. Esta enfermedad de difícil cura- ción, durante cuatro siglos se trató inútilmente con mercurio. A comienzos del siglo XX se descubrió el salvarsán y solo fue curable de verdad a partir de 1943 con la penicilina. Tuvieron dos hijos que nacieron con aquel mal. El mayor, Norman John, falleció muy pequeño. La segunda, Louise Jeanne, viviría con su padre.

Pronto se separó la pareja y fue entonces cuando Margaretta cultivó con esmero la danza erótica javanesa y las dispen- diosas artes amatorias orientales.Regresaron a Holanda y se divorciaron el 30 de agosto de 1902. Pobre el exmarido se dedicó a la bebida, mientra ella en París hacía su entrada como Lady Maclean al colorido mundo del teatro. Mas no le fue bien en un principio.

Entonces cambió su nombre por el de Mata Hari, que apareció en las grandes marquesinas de los teatros y cabarets de la Belle Epoque;

y las plateas y los palcos se fueron llenado de espectadores elegantes y mujeres frívolas y li- vianas. París respiraba un nuevo ambiente de frivolidad y sexo, desconocido antes.

Desde luego que todo este esplendor conducía al o cio, ya bien conocido por la Mata Hari, de la etaíra. Era costoso y elegante acercarse a aquellas mujeres y lo hacían solo los caballeros de frac y sombreros de copa. Como cosa curiosa, Mata Hari llegaba provocativa al desnudo en los escenarios, pero no enseñaba los senos que cubría con sostenes dorados y metálicos solo para mantener el encanto de lo desconocido.

El esplendor que la rodeaba y su belleza, la hicieron orecer entre altos personajes de la política y el gobierno en Francia. Se paseó por Europa como la gran artista que era y estuvo en aquella Alemania imperial, provocadora entonces de aquella gran guerra mundial que estalló el 28 de julio de 1914. Allí dejó amigos. Íntimos para ser más exactos.

Uno de ellos, a la sazón su amante, era el jefe de policía de Berlín al producirse el estallido. Es el mismo que la pone en contacto con el jefe de inteligencia alemán, Eugen Kramer. Un año después Margaretta, pasados los cuarenta años, se aparta del teatro, no obstante tener un cúmulo de gastos por su elevado tren de vida. Kramer la aprovecha y la convierte en la agente secreta H21, con sueldo alemán. Ya es espía. Y regresa a París. No baila en el teatro, pero si en el lecho de los enamorados. Y al paso de los acontecimientos, se hace amiga del capitán francés Georges Ladoux, quien se prenda inicialmente de ella. Éste pertenece al contraespionaje.

Avanzados los días, este mismo personaje le encarga a ella que espíe al embajador de Alemania en Madrid, labor que ella cumple, aunque no logra grandes informaciones.

Pero hay algo más: en el trajín del amor conoce a un o cial ruso de nombre Vadim Maslov de quien ella se enamora. Rusia hace parte de los aliados. Maslov cae herido en el frente y pierde un ojo. Ella, desesperada, logra que Ladoux le extienda un pasaporte para pasar por territorio amigo y llegar a él. Pero en el tránsito por Alemania fue accedida por los alemanes quienes le ofrecieron dinero para que les contara lo que sabía de las posiciones francesas, que seguramente era muy poco. Por contra- espionaje esto llegó al conocimiento de Ladoux, quien, cuando ella regresa a París y se encuentra hospedada en el Hotel Elysee Pala- ce, la pone prisionera acusándola de espía de Alemania. Es el 13 de febrero de 1917. La acusación fue grave: ella era causante de la muerte de miles de franceses. Y fue condenada al fusilamiento, como ya se dijo.

La posteridad ha discutido acerca de la intrascendencia de la colaboración de Mata Hari. Fue realmente inane y se ha establecido que nunca debió pasar de lo que cualquiera veía a simple vista. Pero Ladoux, que la amó con delirio en un principio, quería mostrase implacable. La dureza de la guerra invitaba a no tener piedad. Empero, el mundo sigue pensando con cierto romanticismo que el suyo fue un grave error judicial pues sus acciones no ameritaban tan cruel desenlace.

Aquella bella holandesa, cuya vida ha sido llevada varias veces al cine, era una mujer sin mucho juicio. Cuando la ponen prisionera en el Elysee Palace, solicita un permiso, entra al baño del cual sale desnuda, con en casco de guerra alemán que le habían regalado en la mano. Estaba lleno de bombones que repartía con una fresca sonrisa a sus captores. Y fue con esa misma sonrisa que murió.