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LA naranja mecánica

A 20 años de la muerte de Kubrick

Por: Fernando Tocora

 

Esta película de Kubrick fue censurada y rechazada en la In- glaterra de su época (1971) por violenta y pornográfica. Nada más propio de una sociedad todavía bajo el influjo de una moral victoriana, que había dado lugar por esos mismos años a eclosiones artísticas y culturales como la de los Beatles y luego la de los Rolling Stones. Si el simple peinado ye-ye y el llamado a la paz y al amor de los 4 de Liverpool o el de aquellos últimos a la “Satisfacción” generaron enojosas actitudes, nada raro tenía la reacción de escándalo frente a una obra cinematográ ca que parecía exaltar el crimen.

 

Ese moralismo no dejo ver el fondo crítico de una obra maestra que criti- caba la manipulación política con su pretensión utilitaria y mecánica (un Antonio Saavedra F. y Danilo Roldán Luna atisbo de su nombre) de controlar conductas desviadas a través de técnicas de cierto lavado cerebral (tratamiento Ludovico). Al director norteamericano se lo llegó a tildar de fascista, sin entender que la película dirigía su fuego contra las pretensiones políticas cándidas, que a la vez pisoteaban la dignidad humana. Kubrick tuvo que defenderse ante la avalancha: “Hemos nacidos de monos erectos, no de ángeles caídos y esos monos eran unos asesinos armados. ¿ De qué vamos a asombrarnos ? De nuestros asesina- tos, genocidios y misiles ? No, sino de nuestras sinfonías…” (New York Times 27-02-1972)

El ensayo humanista de Kubrick reivindicaba no lo bajo que hubiera podido caer el ser humano sino las alturas a las que había llegado, como las de la décima sinfonía de Beethoven (hoy himno de Europa) o como en la célebre elipsis que abre la “Odisea del Espacio 2001” que da el salto de los primates a la conquista espacial. Es el pesimismo de Kubrick que se vuelve sobre sí mismo con una película lúcida, minuciosa como toda su obra, tallada con paciencia de orfebre, magistral en su contrapunto musical y deslumbrante en su estética.

Si se la critica por su presunta exaltación de la violencia, no hay que soslayar que hay un revenir de esa violencia cuando los mendigos le devuelven a Alex, el protagonista (Malcom McDowel), la paliza, su familia lo abandona alquilando su habitación, sus compinches los drugos convertidos a policías le cobran viejas cuentas y el escritor dejado parapléjico por su pandilla le tortura empujándolo al suicidio, el que resultaría frustrado.

Al final la escena del ministro de Estado que se toma fotografías con el enye- sado Alex Delarge, ironiza sobre esa hipocresía de las poses y sonrisas para la prensa; ahí está el ensayo de autor del cineasta neoyorquino, cuya crítica al establecimiento político encontraría hoy más eco con la degradación cada vez mayor de esa actividad, supuestamente altruista. El que haya expuesto esa vergüenza humana no signi ca que sea su promotor, porque no lo hace gratuitamente como lo hace tanta película hoy en los circuitos comerciales, sino dentro de la crítica a una política facilista y maniquea (mecánica nuevamente) frente a un fenómeno natural (la naranja), la agresividad, que se ha pretendido resolver como si fuera un agregado individual, sin profundizar en sus causas estructurales y culturales. Kubrick como un grande, crea un universo que ya había trabajado en lms como “Dr. Strangelove” o la “Odisea del Espacio, 2001” y sobre los que volverá después de la “Naranja Mecánica” en “Resplandor”, “Full Metal Jacket” o su postrera “Ojos bien abiertos”. Pero es justamente en “Orange Clockwork” en la que más claramente lo intenta des- nudando nuestras pulsiones violentas, para lo cual tuvo la nura de acudir a la música y a ciertas coreografías como la que evoca el clásico musical de “Cantando bajo la lluvia”. Hoy 20 años después de su partida, Stanley Kubrick es todavía más grande.


 

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